ANGELA

TORREJÓN

Guía afectiva de bancas

¿En este punto en específico?
 

Recuerdo que fue así como, socarronamente, el primer chico que conocí por Tinder trató de reconfortarme. Tenía miedo: pese a ser parte de la generación que vivió el boom cibernético, nunca había llegado a encontrarme cara a cara con alguien que hubiese conocido solo de manera virtual. Con el sarcasmo que, luego, sabría que lo caracterizaba, no tuvo mejor idea que enviarme por wsp –porque, efectivamente, ya habíamos intercambiado números- una foto en la cual quedaban encerrados en un círculo algunos adoquines del cruce de Pershing con Salaverry: era ese el lugar exacto donde, horas después, nos encontraríamos por primera vez.

Fue igualmente allí donde nos encontramos en nuestras sucesivas salidas: primero los miércoles, luego cualquier día de semana; luego, cuando acordamos ser enamorados, a cualquier hora y, dados los meses que pasamos juntos, bajo cualquier clima: con garúa, con el bochorno del cielo gris o con el sol completamente desnudo. En todo caso, siempre eran los mismos adoquines, siempre aquellos de la foto que está guardada en algún lugar de mi computadora y que, imagino, se mantienen idénticos en una de las esquinas en que se intersectan dichas avenidas. O, al menos, eso di por sentado durante mucho tiempo hasta ver esta serie de dibujos y conversar con Angela.

¿Cuándo una banca es una banca? ¿Es posible, siquiera, que una banca sea siempre la misma banca? ¿Cómo y en qué sentidos aquel conjunto de adoquines ha sido siempre el mismo? Estas preguntas, que surgen de manera tan espontánea cuando ambas charlamos –a lo mejor por ser primas, a lo mejor porque ella es libra y yo soy aries-, me condujeron a ver en sus dibujos inquietudes y ángulos que no habían cruzado mi cabeza. Para quienes toman en ese lugar la línea azul que los lleva hacia San Miguel o el Callao, esos adoquines probablemente no existan: quizás no los hayan visto, quizás los hayan pisado y, de reojo, no hayan visto en ellos más que otros de los tantos bloques, de las decenas de ellos que podrían contarse en ese paradero. Sin embargo, tal vez más interesante que pensar en quienes no los ven sea pensar en quienes sí llegamos a contemplarlos en algún momento.

Qué es una banca y cuándo estamos frente a una son interrogantes que, para la gran mayoría de nosotras, probablemente no acarrearían inconveniente. Encontrarse en la misma banca que la vez anterior es algo sobre lo cual dos personas podrían, de la misma forma, ponerse de acuerdo sin mayores problemas. Sin embargo, me pregunto si queda espacio en la imaginación -¿o en el intelecto?- para detenernos a pensar si esa banca es la misma para dos amigas que se sentaron simplemente para descansar un momento, si es la misma para dos personas que se declararon allí su amor, si es la misma para dos amantes que se encuentran en ella a hurtadillas o para quien descubrió allí la homofobia al recibir un ataque verbal –o peor. Podríamos igualmente imaginar si resulta ser la misma banca ahora que, desde nuestros confinamientos, no podemos verla más que en la memoria –incluso cuando, posiblemente, ya no esté donde estaba.

No sé si esos adoquines siguieron siendo los mismos luego de que aquel chico y yo pusimos fin a lo que teníamos. No sé tampoco si, en determinado instante, esos adoquines fueron los mismos para él y para mí. No sé si él regresó a esos adoquines cuando, el uno para el otro, ya no éramos nada –“nada”- o si, como a veces se figuran mis humores masoquistas, siguieron siendo los mismos cuando señaló ese mismo sitio a otros chicos de Tinder, o de Grindr, o de cualquier otro espacio en el cual hallase a alguien que fuese lo que alguna vez yo fui y ya no era. “El significado de las palabras no es el objeto al cual hacen referencia, sino el uso que les damos”, diría por algún lado Ludwig Wittgenstein; y, en esa misma línea, es posible plantearse si acaso ese uso no incorpora también el entramado de sentimientos, sensaciones, identidades y tantos otros aspectos de cada una de nuestras vidas. Vidas que, pese a todo, muchas personas damos por sentadas y cuyos objetos, desacralizados por el día a día, quizás ahora añoremos más.

Gracias, Ángela, tanto por darme la oportunidad escribir estos desvaríos como por permitirme hacer a tu lado que la sangre compartida no sea solo sangre, sino también amistad. Gracias, lector, lectora y visitante de los siguientes dibujos, por la impresión, sea cual sea, que te lleves de ellos; más aún, gracias por las memorias atesoradas que, con un poco de fortuna, podrían ellos desempolvar.

Carlx Orellano Quijano

Angela Torrejón (1994), artista visual y bordadora

Mis últimas propuestas se han orientado hacia la exploración de las prácticas textiles y el dibujo, elementos que en algunos casos he mezclado a modo de generar diferenciación de texturas visuales y palpables. Considero el bordado una forma de reflexión sobre mi propio quehacer artístico y cotidiano, en el cual la aguja y el hilo son una extensión de mi cuerpo y mi pensamiento; es una forma de resistencia ancestral e hilo conductor para re-pensar lo doméstico como espacio comúnmente ignorado y despolitizado. Bajo esa misma lógica, exploro también los vínculos afectivos y habituales; indago en las experiencias sobre la casa, el espacio íntimo y las escenas cotidianas que intento llevar a un plano plástico.