ISRAEL
TOLENTINO

EL VIAJE, DE UN LIBRO PROMESAS

Como fantasía arqueológica, abre el armario, examina el cerro de papeles, intenta hacer una rápida observación estratigráfica del contenido y señala,— por aquí debe de andar— empieza el trabajo de ir retirando pliego tras pliego, algunos ásperos, otros ya apelmazados por el tiempo, reposados  ahí no sé cuánto, pero acumulados unos sobre otros no hacen más que alimentar la curiosidad de lo que se va descubriendo, imagen tras imagen se va desnudando el autor, en  ese mundo de papel su avidez por mostrar, uno tras otro se funden con el aroma a naftalina y vainilla; llevábamos ya buen rato conversando distendido de muchas cosas cuando de golpe debajo de un cartón pintado donde descansa un retrato telúrico de Tupac Amaru II; abrupto y veloz cae al suelo en diagonal deslizándose sobre el piso y ubicándose al centro del único espacio liberado que ofrecía la habitación; en el cuadrilátero del suelo se abrió y marco una divisora línea Ecuatorial señalando norte versus sur, del extremo de la habitación sobre una silla, algo sorprendido, mi interlocutor señala, ¡ahí está!.

 

 

Recogí el cuaderno. Al tenerlo entre mis dedos sentí su piel orgánica, papel hecho a mano con residuos del mundo verde, cuerpo de algodón elaborado artesanalmente, este cuaderno con el sello de lacre ya roto, me hizo pensar en una tecnología medieval. Abrí su cuerpo, la pasta volteada me ofreció la primera imagen y entendí su destino— un libro de testimonios, adquirido posiblemente para alojar la caravana de buenos deseos, testimonios del amor y consejos que se acostumbran regalar a los recién casados—entonces se me ofrecía como deleite preñado de palabras amables, sonrisas cómplices que animan a resistir a quienes emprenden el reto de compartir la vida. No había nada de ello, pero, a cambio, este cuaderno me invito a testimoniar de la vida, el paisaje y la muerte, moviéndose y transformándose en imágenes.

 

 

El cuaderno de Viaje es una secuencia de miradas, unas hechas en el calor del hogar y otras producidas en la travesía, acompañando al artista caminante que explora las alturas pétreas del mundo andino, el cerro y sus formas elevadas le da a las imágenes su paisaje, su inmensidad, su cartografía y su memoria. La materia del lugar, el agua fría y cristalina alimenta su pincel transformado en manantial de formas gráficas, donde las transparencias de las representaciones como espejo pavonado, nos refleja el reducto de realidad de la cual son herederas las formas que logramos reconocer, la fragilidad y lo mínimo en la sanguina como pigmento acuoso nos habla de una precariedad de medios y la apuesta del color oxidado como un indicador de nuestra fugacidad en la vida, este es un  cuaderno de derivas, caminos al azar. Entonces ¿Cuál es la ruta que toma Israel para conducirnos por ese panorama? Les contaré de una que he encontrado.

 

Sobre ese horizonte de paisajes, de  esperas con cartografías que se van transformando en mapas y locaciones recorridas; que de golpe nos llevan desde alturas precolombinas a las profundidades del suelo donde somos semillas, sembradas en otra época, donde solo la tierra nutre  nuestro linaje, y nos devuelve conectados al pasado, ahí habita parte de nuestra piel. Nuestro cuerpo fosforero sedimentado por el tiempo, ahí debajo del suelo en ese ukuy pacha donde estuvimos y pronto estaremos todos, padre ancestral, madre, ancestral, hermanos ancestrales; pactan y dialogan las capas atemporales, el pasado se funde, receptáculo, hogar del cuerpo nuevo. Amortajado por el amor es reciente habitante de esa eternidad, es nueva semilla mimada por la promesa oral de los que quedan, su energía radial atraviesa las capas tectónicas y en sueños nos vistan y cuentan sus nuevas odiseas, entonces pedimos el descanso, la pureza para el ancestro. Porque sabemos que en ese cuerpo yaciente, expuesto por estas imágenes hay algo de nosotros, su cuerpo sedimentado es un pedazo de nuestra humanidad.

 

El autor expone nuestro cuerpo con el suyo que se transfigura, se despoja de sus formas orgánicas, explora el trabajo de  taxidermia sobre su materialidad, su dermis añeja  se desbarata  trasparentando y diluyéndose hasta devolvernos a la rígida osamenta, Esta imagen hecha  hace seis años nos muestra una realidad ahora tan cotidiana, la muerte ahora sale de  paseo, ¿nosotros seremos acaso también ese esqueleto móvil que observa la inactividad de los otros?, la muerte ahora es descanso, detenimiento, cofre rígido, todos hemos puesto sobre nuestros hombros peso—el madero para algunos en forma de cruz y para nosotros la silueta del  féretro— la muerte susurra en estos días,  el cuerpo se ha despojado de su carnosidad de aquello que es susceptible de sentir, de hacer sinapsis acción electroquímica que nos recuerda la vida y el dolor, esta imagen premonitoria y La antena recostada en el lecho del paisaje, trasparente a la mirada, nos muestra la corrosión del cuerpo, escultura inmóvil de materia concreta, metal imposible de articularse condenado a la oxidación eterna. Pero para el cuerpo orgánico, aunque inerte en su representación el autor le prodiga de vida una existencia como promesa que aparece en nuestra mentes como columna orgánica de cuerpos de lucha, de reclamos gritados a través de masas, aparece la represión violenta, la multitud y la soledad están reunidos, capturados por la fugacidad del agua, como instantánea fotográfica en pie de lucha, señalando la cartografía  cambiante explotada y aun así  preñada de semillas vivas, movilizadas frente a aquel desarrollo que se sabe transformará para siempre sus vidas. El destino del hombre depende de su paisaje, de su suelo y su transformación. 

 

En esta deriva, para nada pacífica, el autor nos obsequia un libro de imágenes, una botella tirada al mar, mecida por el tiempo hacia diferentes destinos. En esta oportunidad ese mar, moviéndose en nuestra retina, de forma violenta llega a nosotros con la memoria de lado, mostrándonos que aun seguimos sembrando y cosechando de forma violenta.

Luis Antonio Torres Villar

2021

Israel Miguel Tolentino Cotrina (Tingo María, 1975)

 

Es egresado de la Escuela Nacional Superior Autónoma de Bellas Artes del Perú (1995-2000). Su primer proyecto de curaduría llamada “Las matracas de la revolución” se lleva a cabo en Huánuco, su región natal, participan artistas de 14 regiones del país. Tiene varias invitaciones bicentenario: “En busca de algo perdido. Perú… un sueño” en el Museo Nacional (MUNA); “Las independencias regionales. Guerra, mujeres y participación popular” en el Lugar de la Memoria (LUM); “Expresiones 200 años de vida y libertad” (Virtual. ENSABAP). “Bicentenario Arte e Historia Sueños y Realidad” (Virtual. Gestores somos equipo). “Túpac Amaru y Micaela Bastidas: Memoria, símbolos y misterios” (LUM) y Museo Inka del Cusco. Ha desarrollado el “Laboratorio Gráfico FhE” junto a Luis Torres Villar y Antonio Paucar (2021). Realizado ocho muestras personales y tres bipersonales. Finalista en el primer y cuarto concurso de Arte Contemporáneo del Instituto Cultural Peruano Norteamericano (ICPNA). Ha recibido el segundo premio en el VI concurso de pintura del Banco Central de Reserva del Perú (MUCEN) y el Primer Premio en el XXVIII salón de grabado ICPNA. En estos últimos años ejerce la docencia.